domingo, 30 de diciembre de 2012

ANTARES, LA ESTRELLA DE BELÉN Y EL NACIMIENTO DE JESÚS DE NAZARET (y 3)





Los grandes nacimientos siempre están marcados por disposiciones astrológicas extraordinarias.
Como segundo ejemplo, expondré aquí el de Siddhartha Gautama, conocido como Buda. Su nacimiento, el 8 de Septiembre del 543 a.c. en el calendario juliano, o el 2 de septiembre del 543 a.c. en el calendario gregoriano, se consideró igualmente extraordinario, al venir al mundo con los cinco planetas, propiamente dichos, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, en su domicilio astrológico, y las luminarias, que son los planetas que dan la luz, es decir, el Sol y la Luna, se encontraban en conjunción con el planeta Mercurio qué, según los astrólogos antiguos, daba al ser humano la inteligencia. Es por esto por lo que le llamaron Buda, o "el Iluminado".
Estas que siguen son las posiciones planetarias en el momento del nacimiento de Buda.

Mercurio, 2º grado de la constelación de Virgo.
Luna, 5º grado de la constelación de Virgo
Sol, 19º grado de la constelación de Virgo.
Venus, 9º de la constelación de Libra.
Marte, 27º de la constelación de Escorpio.
Júpiter, 28º de la constelación de Sagitario.
Saturno, 7º grado de la constelación de Capricornio.

Retomando el tema de los astrólogos persas, debemos puntualizar que aquellos magos no poseían nuestros modernos relojes de precisión para controlar el tiempo. Su único y más exacto reloj era el conocimiento de la posición de los astros en el firmamento, y ésta es una de las grandes diferencias entre aquellas civilizaciones y la nuestra.


La actual medición del tiempo enumerando años, meses, semanas, días, horas, minutos y segundos sirve, simplemente, para controlar y ubicar cronológicamente a las personas, y a los acontecimientos importantes que se producen en todo momento, pero sin tener en cuenta la calidad y naturaleza de esos momentos, que los antiguos astrólogos tenían controlados todo el tiempo.
Y ahí radica, precisamente, esa gran diferencia.
Nosotros controlamos el tiempo, ellos controlaban el momento.
Para nosotros, cada fracción de tiempo es igual e idéntica. Para ellos, cada momento era distinto y único.
Los astrólogos persas llegaron a Jerusalén, con el único objetivo de hallar a la persona que iba a nacer en un lugar, y en un momento, concretos.
Por todo ello, deberíamos tener muy claro, al igual que lo tenían aquellos magos, que Jesús nació en ese preciso momento astronómico-astrológico, al que nosotros podemos fechar o datar cronológicamente como las 11 horas y 28 minutos del día 19 de Agosto del año 7 antes de Cristo, o año 747 después de la fundación de Roma, o como cualquier otra fecha con la que queramos datarlo dependiendo de los patrones cronológicos que manejemos, pero lo realmente importante en este hecho, no es ubicarlo en un calendario u otro, sino ser conscientes de que el nacimiento de Jesús de Nazaret aconteció en ese momento astrológico concreto.
Vuelvo a insistir sobre el siguiente versículo del evangelio armenio de la infancia, el cual, leído detenidamente, nos descubre el modo por el que los magos conocieron con gran exactitud el día y la hora del acontecimiento.

"Y nosotros, poseedores de ese testimonio escrito, conocimos de antemano al nuevo monarca, hijo del Rey de Israel."


Parece muy claro que esos "magus" tenían en su poder la carta astrológica, con la posición precisa de los planetas y estrellas regias, de aquel momento excepcional.
Ese, y no otro, era el verdadero calendario para aquellos sacerdotes-astrólogos persas.


Pues bien, ahora ya conocemos como supieron los magos el tiempo y el momento en el que se iba a producir ese nacimiento y, también, el motivo que les hizo dejar sus confortables templos, y lanzarse a una aventura “contrarreloj”, para llegar a tiempo de poder constatar y confirmar que el pequeño Jesús era, en realidad, ese ser especial al que deseaban conocer, rendir homenaje, ofrecer presentes y, sobre todo, hacer partícipe, por supuesto a través de su familia, de su distinguido y excepcional nacimiento.
Este acontecimiento que conocemos como la adoración de los magos pudo reafirmar en José, María, y en el resto de acompañantes, la convicción de que el pequeño Jesús llegaría a ser un día rey de Judea, o el mesías libertador del pueblo judío.


El capítulo de la adoración o, lo que es lo mismo, la confirmación pública de la grandeza de la persona que nació en aquel momento excepcional, en este caso, Jesús, pudo tener más importancia de la que nos imaginamos, porque quizá, la comprensión de todo esto, indujo a personas como a su "padre" José, a sacrificarse en su vejez, vagando de país en país y de ciudad en ciudad, para proteger a Jesús, al principio, de Herodes y, más tarde, de su hijo, Arquelao; e, indujo igualmente a su propia madre, María, a su tía la hermana de su madre, y, a Salomé, entre otras muchas, a acompañar a Jesús hasta su crucifixión.

Es de suponer que Jesús fue informado, un día, de su especial nacimiento, y que ello le condujo a adoptar un papel y liderazgo mesiánico que más adelante le pudiese llevar a convertirse en rey de Israel.

 Saludos cordiales para todos.

© del texto: José Antonio Cardona
Bibliografía: “Jesús de Nazaret, a través de todos los evangelios” 
ISBN 978-84-614-0296-0
Derechos Reservados  © 2010


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